17 de julio de 2018

Reseña — «Todos los veranos del mundo», de Mónica Gutiérrez

Helena no sabe cómo sobreviven las familias cuando coinciden todos sus miembros adultos bajo el mismo techo, pero está a punto de averiguarlo. Decidida a casarse en Serralles, el pueblo de todos los veranos de su infancia, regresa a la casa de sus padres para preparar la boda y reencontrarse con sus hermanos y sobrinos. La pequeña localidad a pie de los Pirineos ha permanecido casi inmutable en el tiempo, con sus amables habitantes y sus gratos recuerdos. Un lugar sin sorpresas, hasta que Helena tropieza con Marc, un buen amigo al que había perdido de vista durante muchos años, y la vida deja de ser tan tranquila en el pueblo. Quizá sea el momento de refugiarse en la nueva librería con un té y galletas, o acostumbrarse a los excéntricos alumnos de su madre y a las terribles ausencias. Quizá sea tiempo de respuestas, de cambios y vendimia. Tiempo de dejar atrás todo lastre y aprender al fin a salir volando.
Roca Editorial  |  2018  |  207 páginas
Siempre he dicho que uno de mis sueños es vivir en un pueblo pequeño, de esos con casas blancas en el que todos los vecinos se conocen. No es que viva en una gran capital de provincia, pero sí en una ciudad lo suficientemente ruidosa para aferrarme a ese oasis de tranquilidad. Sin embargo, hasta en las pequeñas localizaciones, alejadas de griteríos y multitudes, las preocupaciones se empeñan a veces en acompañarnos; y claro, incluso en el mejor de los paraísos somos capaces de recalcar tachas. En esta línea se mueve Todos los veranos del mundo, de Mónica Gutiérrez, una novela que invita a la reflexión sobre lo que habitualmente valoramos y lo que en realidad nos queda tras soltar toda la morralla. Una boda, una vendimia, un bibliotecario delicious y un reencuentro de la infancia son las claves de este entrañable relato dispuesto a sacar la sonrisa del lector. Os cuento con detalle.

Helena regresa a Serralles, cerca de los Pirineos, para celebrar su próxima boda. Allí ha pasado su niñez, entre aromas a vainilla y caramelo de la fábrica de galletas en la que trabajaba su padre. No ha sido idea suya, ni siquiera habría vuelto a poner un pie en aquellas calles, ni en la única plaza del pueblo, ni en el bar «La cacerola». Pero la confabulación de su madre y su prometido la han llevado hasta allí para darse cuenta de que, a pesar de que todo permanece en su sitio, poco queda más allá de la melancolía: siguen las calles vacías en pleno agosto, el repique del campanario y las caras de antaño. Y, de repente, casi como preludio del terremoto que va a vivir en su regreso, la masía familiar —símbolo innegable de su vetusta inocencia— ya no es lo que era; un primer choque de otros tanto que le esperan en una vida que, hasta aquel instante, había creído ordenada. En cada cambio, en cada recuerdo alterado, hay una pesadumbre que se intuye como metáfora de la propia Helena, para la que el tiempo transcurre arrollando su pretérita felicidad.

Todos los veranos del mundo es un billete para un intenso viaje entre añoranzas, reproches, anhelos, risas, solidaridad y, sobre todo, reconciliaciones. Helena se encuentra contra su voluntad en un entorno que conoce al milímetro, pero al que le cuesta regresar desde el fallecimiento de su padre. La llegada a Serralles se convierte en un ataque contra los que siguen formando parte del pueblo, pero que no es más que una máscara para no dejar traslucir sus miedos e inseguridades. Así, Helena tiene que asimilar el nuevo rumbo que ha tomado su madre, las verdades que le espeta su hermana Silvia o el punto de racionalidad de su hermano Xavier. La rutina que comparte con su prometido Jofre no encaja con la alegría y el revuelo de los que continúan esforzándose entre casas bajas y pequeños negocios aún regentados por los mismos vecinos. De esta manera, Helena se desprende poco a poco de la preocupación por la boda para batallar en una lucha interna entre su destino actual y la nostalgia.

En los días previos al lanzamiento de la novela, Todos los veranos del mundo se ha promocionado a través de redes sociales como lectura feelgood; en otras palabras, Mónica Gutiérrez quiere trasladar al lector a un relato en el que esté cómodo, que le despierte sentimientos y, más allá de la ficción, le deje un claro mensaje sobre el valor que debemos otorgar a las cosas que dan sentido a la vida. Para Helena, todos los veranos del mundo son todos los veranos con Marc, compañero de juegos que ahora, en los días de madurez, la ayudará a inclinar la balanza hacia la armonía de los pequeños detalles. Pero la historia va dejando un reguero de imágenes, personajes y actuaciones que paulatinamente sacan esa sonrisa solicitada desde el inicio, quizá porque en todos ellos nos reconocemos por nuestra propia experiencia: es el bar de siempre, el paisaje que nos desconecta, el olor de las viejas recetas… Es, en definitiva, todo lo que nos hace sentir bien —feelgood again—. 

El escenario en sí mismo refuerza este mensaje. La ciudad trae las carreras contra reloj, la rutina programada, el exceso de trabajo, el ruido, la falta de contacto físico; por contra, el campo deja los buenos recuerdos, la desconexión, el aire puro, la compañía familiar y el sentir de una existencia plena. Allí, en la montaña, es donde Helena siente de nuevo la perfección en nimiedades que la hacen sonreír —«una tarde de verano con los pies descalzos, a la orilla de este arroyo, con un palo en la mano y aquel niño inasequible al desaliento de mi timidez» (pág. 89)—. Y es allí, de nuevo, donde aparece el inolvidable Jonathan Strenge —que no Strange—, como paradigma de los sueños por los que terminará peleando Helena: el interés no está en lo material, sino en las personas y las conversaciones que realmente le infunden valor. Creo que nadie dudará a estas alturas que un café —té para quien lo desee—, unos pasteles y la mejor de las charlas —la vida, la literatura, qué más da— deben de acercarse al ideal de la perfección. 

Todos los veranos del mundo, de Mónica Gutiérrez, propone una travesía de búsqueda, introspección y reconocimiento. Caminar por Serralles es dejarse llevar por las historias de la antigua fábrica de galletas, los correteos en las callejuelas del pueblo, la solidaridad de un vecindario perenne, el calor compartido entre festejos y un sinfín de anécdotas imborrables. Es este el último verano de Helena, el que la acerca al vértigo de hallar la persona que quiere ser. Pero lejos de sus días estivales, Todos los veranos del mundo tiene la capacidad de evocar de un modo u otro cada uno de los veranos que guardamos con celo en nuestra memoria, y eso, sinceramente, se agradece.

Mónica Gutiérrez en La Caverna Literaria

5 comentarios:

  1. ¡Hola! Me encantan este tipo de lecturas para el verano. Sin duda, me la apunto!!
    Un saludo desde Planeta Singular 😊

    ResponderEliminar
  2. Una reseña fabulosa! Y un libro que ya tengo en la estantería esperando. No tardaré mucho en dejarme llevar a esos mundos mágicos y cálidos que siempre crea Mónica.
    Besotes!!!

    ResponderEliminar
  3. Que bonita reseña, Jesús! Un libro ideal para viajar a los veranos de la infancia y disfrutar de esa alegre prosa de Mónica. Sus novelas son una buena dosis de buen rollo y realidad.
    Besos

    ResponderEliminar
  4. Mónica se va a quedar encantadísima con la reseña, te ha quedado fantástica :) Lo tengo pendiente en la estantería, a ver si finiquito todo lo que tengo a medias y me pongo a leerlo con la tranquilidad que se merece.

    ¡Besote!

    ResponderEliminar
  5. ¡Pero qué reseña tan extraordinaria! ¿De verdad he conseguido trasmitirte todo eso? Me haces muy feliz, Jesús, te lo digo de corazón. Quería evocar esa nostalgia de nuestros veranos de infancia, aquello que perdimos para siempre porque nos falta esa mirada infantil donde todo era fabuloso y los veranos no tenían fin. Pensé que devolver a Helena a ese lugar donde fue feliz la ayudaría a reconciliarse con su vida, con su familia, con la esencia de lo que de verdad desea. Y leyendo tu reseña me doy cuenta de que sí, de que he conseguido conectar con el lector e ir juntos de la mano por ese sendero de nostalgia pero también de esperanza y de finales felices, de feelgood, como bien dices tú. Preciosa la reseña, Jesús, me has dejado impresionada por lo a gusto que te has encontrado en los paisajes y los recuerdos de Helena. Un millón de gracias!!!

    ResponderEliminar

Al enviar un comentario estás aceptando la política de privacidad del blog, según el Reglamento General de Protección de Datos, de obligado cumplimiento desde el 25 de mayo de 2018. Puedes consultar el texto aquí: Política de privacidad