22 de diciembre de 2017

Reseña — «El soborno», de John Grisham


Nueve años como investigadora en la Comisión de Conducta Judicial de Florida han enseñado a Lacy Stoltz que la mayoría de los casos de mala praxis judicial se deben a la incompetencia, no a la corrupción. Pero un caso de corrupción acaba de ir a parar a su mesa. Un abogado asegura tener información sobre un juez de Florida que ha robado más dinero que todos los demás jueces corruptos juntos. Y no solo los jueces corruptos de Florida. Todos los jueces, de todos los estados y en toda la historia de Estados Unidos. Y ahora quiere poner fin a sus actividades. Cuando asignan el caso a Lacy, sospecha de inmediato que podría ser peligroso. Pero el peligro es una cosa y la muerte, otra muy distinta.
Plaza & Janés  |  2017  |  429 páginas
Título original: The Whistler
Traductor: Eduardo Iriarte
ISBN: 978-84-01-01837-4
Por veinticinco céntimos de euro, mencione empresarios o cargos políticos imputados por corrupción. Bien podría ser este planteamiento una de aquellas preguntas incluidas en la primera ronda del mítico «Un, dos, tres, responda otra vez», con un extenso rosario de posibles respuestas que agotaría el tiempo de los concursantes sin que las «tacañonas» advirtieran una repetición desafortunada. Y es que las prácticas fraudulentas, el tráfico de influencias, la malversación de fondos públicos o los casos de prevaricación han ocupado en medios informativos más espacio del que habríamos esperado —y deseado—. En estas y otras prácticas reprobables pone la mirada John Grisham para El soborno, donde el afamado escritor estadounidense dibuja los entresijos de una amplia red de cohechos desde las capas sociales más profundas hasta las altas esferas judiciales. Un imponente casino, un condenado a muerte, una reserva indígena y una magistrada demasiado ambiciosa son los principales ingredientes de la novela. Os cuento con detalle.

Greg Myers, abogado durante treinta años en un pequeño bufete de Pensacola, ha decidido hacerse cargo de la representación de un confidente en el que podría ser el mayor caso de corrupción en Estados Unidos. Myers ya conoce los bajos fondos carcelarios, después de ser acusado de fraude y aceptar una condena de dieciséis meses de prisión, además de ofrecer colaboración plena con la justicia. Con la licencia recuperada y una vida nómada, se dedica en cuerpo y alma a poner en la picota a todos los implicados y, de paso, sacar una buena suma que le permita retirarse del oficio. Para ello necesita de la ayuda de Lacy Stoltz, miembro de la Comisión de Conducta Judicial y eslabón necesario para poner en marcha el mecanismo de la investigación. Con la inestimable ayuda de Hugo, amigo y compañero en una decena de casos, Lacy inicia el peligroso camino en una historia con «criminales organizados, indios que poseen casinos y un juez corrupto; todos ellos conchabados» (pág. 27).

Grisham no quiere jugar con el lector en El soborno, sino hacerlo partícipe del proceso; de ahí que no oculte en ningún momento que la sospecha de Myers es certera. No hay mejor manera de involucrarlo en la historia que evidenciando las maniobras de los dos cabecillas: Vonn Dubose, criminal y dueño de terrenos adyacentes a la tribu tappacola, donde pone en marcha el gran casino Treasure Key; y Claudia McDover, magistrada de dilatada experiencia, pero implicada en juicios amañados y, sobre todo, en una condena injusta que permitió vía libre para el complejo lúdico. Aunque son las manos de Dubose las que se ensucian, es McDover la que maneja realmente el juego, como demuestra el poder que ejerce al cerrar temporalmente el casino por un litigio económico. Bastan unas cuantas páginas para que todas las cartas estén sobre la mesa y Lacy sintetice certeramente la situación al ver en la juez a alguien que «acepta sobornos de matones, saca dinero en efectivo del casino a los indios y de alguna manera blanquea la pasta […]» (pág. 55). 

No obstante, saber casi desde el inicio cómo se reparten los buenos y los malos no resta atractivo a la novela, sino todo lo contrario. Grisham apuesta por un lector que lo acompañe en dos periplos de una misma trama: por un lado, las dificultades que acarrea una causa judicial desde la declaración del denunciante hasta la confirmación del delito; por otro, las artimañas de criminales y corruptos para ocultar su patrimonio, evadir responsabilidades y huir de la legalidad. Ahí está el verdadero interés de El soborno. En cualquier caso, el escritor estadounidense también ha querido esparcir sorpresas y contratiempos para complicar el devenir de sus personajes, algo que se agradece en una historia en la que los roles están al descubierto. Quizá la única tacha que se puede subrayar en este proyecto es el final precipitado. A lo largo de las más de cuatrocientas páginas que conforman el volumen, Grisham avanza minuciosamente con datos, informes y retrospecciones; sin embargo, parece que quiso soltar lastre para zanjar el caso. Cierto es que, al contar con una narración tan minuciosa, poco importaba ya profundizar en los últimos flecos. Aun así, deja un ligero regusto a aquellas películas que, en sus fotogramas finales, sobreimprime unas cuantas frases en pantalla para explicar qué ha sido de los protagonistas tras la última escena. Este hecho, que no deja de ser anecdótico y subjetivo, no resta valor al relato, por lo que El soborno ocupa por méritos propios un destacado hueco en el largo listado de ficciones legales que continúa haciendo de John Grisham un autor de éxito.

John Grisham en La Caverna Literaria

4 comentarios:

  1. Hace siglos que no leo nada de este autor, pero desde luego el tema parece estar de completa actualidad, a pesar de la mención que haces a "Un, dos, tres", jajajaja.

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    1. Ha sido de esas veces que te viene un comienzo para la reseña y ya no quieres cambiarlo. ¡Vivan las tacañonas! Desgraciadamente, está de actualidad y lo seguirá estando, no hay duda. ¡Abrazos!

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  2. Tengo pendiente a este autor... debo de ser la única en el mundo que no ha leído nada de este hombre xD

    Besotes

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    1. Pues hasta la lectura de esta novela, yo estaba como tú, sin leer nada del autor, así que no te sientas rara. ¡Anímate pronto! Un beso.

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