5 de julio de 2017

Reseña — «Caen estrellas fugaces», de Jose Gil Romero y Goretti Irisarri

El cielo de Madrid se tiñe de rojo sangre… El firmamento parece venirse abajo. Pero este solo es el primero de una serie de sucesos extraordinarios. A lo largo de dos intensos días de septiembre de 1859, dos personajes opuestos llevarán a cabo la investigación de estos fenómenos. Él es un hombre huraño y cínico, aferrado a la razón, antiguo investigador de falsos milagros que ya no cree en nada; ella, una joven vidente que puede percibir lo que la razón niega pero que vive atemorizada por inquietantes visiones. Su aventura los conducirá a los infiernos, la ciudad de abajo, surcada por pasadizos ocultos; y también a los cielos, sobre los resbaladizos tejados. Juntos, recorrerán ese siglo XIX que se debate entre la fe y la ciencia, la luz y la oscuridad.
Suma de Letras  |  2017  |  544 pp.
ISBN: 978-84-9129-128-2.
El conocido «evento Carrington» está registrado como una de las mayores tormentas solares de las que se tiene constancia. Tuvo lugar en septiembre de 1859, con consecuencias notables en gran parte del planeta: en muchos puntos se observaron auroras boreales que tiñeron el cielo de colores llamativos, e incluso la influencia magnética provocó fallos en los telégrafos. Hasta aquellos inquietantes días han querido trasladarse Jose Gil Romero y Goretti Irisarri para crear en el Madrid decimonónico una intriga en la que los secretos, la videncia, el espiritismo y lo paranormal se sitúan en la línea de salida, pero donde las simples apariencias dicen más por lo que esconden que por lo que manifiestan. Os cuento con detalle.

Caen estrellas fugaces recrea el episodio desde la cárcel del Saladero, escenario donde, tras el impacto de un rayo, emerge un cuerpo desvanecido de rasgos confusos. Casio Carballeira, director del penal tras su traslado desde Galicia, es el primero en recabar datos sobre el inconcebible suceso. En la endeble figura tendida en el suelo intuyen las formas de un ángel caído por los prominentes muñones que sobresalen de sus omóplatos, allí donde en otro tiempo habría tenido alas. No es más que el inicio de un juego de supersticiones y creencias frente al dictamen de la razón y el análisis científico. Sin perder de vista esta dualidad, la novela se traslada desde el Madrid profundo de las primeras páginas hasta una reunión de «lo más granado de la sociedad capitalina» en el Real Casino. Todos asisten al espectáculo de una sesión espiritista protagonizada por Elisa Polifeme. Marcada por la ceguera —no desde su nacimiento, pero sí desde muy temprana edad—, tiene el don de ver más allá de lo que cualquier persona percibe con plenas facultades. Sus sensaciones y presentimientos tendrán un peso importante en la ficción.

«La Divina», como también es conocida entre los curiosos de estas prácticas, no es la única personalidad entre los congregados: también ocupan un lugar preferente Maximiliano del Fierro —conde millonario de dudosa moralidad— y Melquíades Granada —inspector policial en las investigaciones en torno a la psicosis del ángel sin alas—. Fuera de aquel edificio solo resta la entrada del que, junto con Elisa, encarna uno de los roles más destacados: el inconfundible Leónidas Luzón, estudioso de teología y avezado frenólogo, pero estigmatizado por su malogrado aspecto. A pesar de sus taras físicas, su dependencia del alcohol y la incontrolable recurrencia al láudano, Luzón es capaz de enfrentarse a cualquier hostigamiento, como demuestra en su primera aparición como duelista en las calles madrileñas. La conexión con «la Divina» Polifeme es esencial para la trama, sin dejar atrás el escepticismo que acarrea desde su antigua labor como advocatus diaboli —o abogado del diablo—, destinado al cotejo de pruebas y descubrimiento de posibles estafas en los procesos de canonización y beatificación.

La novela, que transcurre a lo largo de dos días, no da tregua ni un solo instante desde la primera visión de Elisa al inicio de la ficción. Con el peor de los presagios en su cabeza —mutilaciones, cuerpos inertes y un baño de sangre en las dependencias carcelarias—, siente la impotencia de la mítica Casandra, en un intento vano de transmitir su pronóstico. La matanza que está por llegar —ligada a Nadya, el ángel caído— no es más que el germen para algo más oscuro con implicaciones inimaginables. Con una narración en presente, Jose Gil Romero y Goretti Irisarri recorren las calles de Madrid a mediados del siglo XIX para enmarcar una concatenación de escenas en las que la persecución de la verdad y la revelación de los enigmas son la máxima que rige el relato de principio a fin. Casi como si se asistiera a una lucha maniquea entre el bien y el mal, el amplio espectro de personajes antagónicos —recogidos de manera acertada en la dramatis personae incluida al final del volumen— suma un punto a favor de esta mescolanza entre lo terrenal y las profundidades del averno. No puede quedarse en el tintero la completa recreación de las distintas localizaciones en las que se desarrolla la aventura, con una técnica descriptiva que enlaza el callejero de antaño con las ubicaciones actuales, además de incorporar personalidades de la época que, por aquel entonces, enriquecían la sociabilidad madrileña: Benito Pérez Galdós, Gustavo Adolfo Bécquer o Ramón de Mesonero Romanos son solo algunos de los referentes que comparten espacio en esta odisea. 

Caen estrellas fugaces, de Jose Gil Romero y Goretti Irisarri, recupera la enérgica tormenta solar de 1859 para tejer un universo poliédrico donde las luces y las sombras se mueven a su antojo. Entre el raciocinio, lo sobrenatural y la fe ciega, los autores consiguen con éxito mantener el nivel de las distintas líneas argumentales. No solo destacan el tablero trazado y los maleables contornos de los peones, sino que además cuenta con una estrategia narrativa impecable. Eso sí, el final queda en el aire, por lo que es de esperar una segunda vuelta al Madrid decimonónico. La historia lo merece.

Jose Gil Romero y Goretti Irisarri en La Caverna Literaria