28 de abril de 2017

«Un asesino en escena», de Ngaio Marsh

Ya desde el propio título, el escenario de la acción queda perfectamente enmarcado: el asesinato que tendrá que investigar el infatigable detective Roderick Alleyn, que por casualidad se encuentra entre el público, tiene lugar durante la representación de una obra dramática. […] La víctima: un actor mediocre que trataba de alcanzar el estrellato mediante soborno. Los sospechosos: varias de las víctimas de sus chantajes y dos recelosas compañeras sentimentales. Todos los elementos necesarios para arrellanarse cómodamente en la butaca y averiguar cómo acabará la función…
Siruela  |  2017  |  220 pp.
Título original: Enter a murderer.
Traductor: Alejandro Palomas. 
ISBN: 978-84-16964-21-5.
Agatha Christie se convirtió, por méritos propios, en el principal icono de la novela policial y detectivesca del siglo XX. Con títulos tan recordados como Asesinato en el Orient Express, Diez Negritos o Un cadáver en la biblioteca, sedujo a miles de lectores gracias a su buen hacer narrativo en decenas de casos, puestos en manos de figuras tan emblemáticas como Hércules Poirot o Jane Marple. Con estas peripecias convivieron las de otras autoras que, en aquellos mismos años, engrandecieron el género. Es lo que logró Ngaio Marsh, escritora neozelandesa que se daría a conocer con una serie de entregas encabezadas por el inspector Roderick Alleyn. Tras la publicación en 1934 de Un hombre muerto —primer libro que cuenta con el mencionado personaje—, aparecería poco después Un asesino en escena, donde conectó la investigación con su faceta como directora escénica. Con un entorno casi claustrofóbico, Marsh sitúa sobre las tablas un asesinato en plena representación, ante un público que cree asistir a la mejor de las interpretaciones. Os cuento con detalle.

Un asesino en escena tiene lugar en el teatro Unicorn, donde se representa La rata y el castor con gran éxito. En el patio de butacas esperan para el espectáculo el periodista Nigel Bathgate y su amigo Roderick Alleyn —destacado miembro del Departamento de Investigaciones Criminales—,  gracias a las invitaciones de Felix Gardener, principal galán de la obra. La función transcurre con normalidad hasta el último acto, en el que Gardener, como cada noche, empuña el revólver que debe acabar en la ficción con la vida de Arthur Surbonadier, actor mediocre que anhela con ansias un reconocimiento que nunca llega. La escena se repite según lo previsto, pero con un leve matiz en aquella función: Surbonadier parece haber ejecutado el papel como nunca lo había hecho, con una intensa credibilidad que deleita al público. Sin embargo, no ha sido más que el comienzo de una larga noche: una bala ha truncado la vida del actor. 

Antes de que el lector ponga en marcha su intelecto para analizar las pesquisas del inspector Alleyn, la novela recrea en sus primeras páginas la reunión mantenida tres semanas antes entre el finado y su tío, Jacob Saint, empresario teatral a cargo de La rata y el castor. La tensión entre ambos se palpa desde el primer cruce de palabras: Saint muestra un carácter altivo, descarado y soberbio, mientras que Arthur hace gala de su desmedida ambición al solicitar a su tío el papel protagonista, concedido a Gardener. Merece la pena reproducir aquí algunas líneas que el productor dedica al sobrino: «No seas crío, Arthur […], y no vengas aquí a llorarme. Felix Gardener se ha llevado el papel de Carruthers porque es mejor actor que tú. Es probable que también sea esa la razón de que Stephanie Vaughan le prefiera a él» (pág. 13). Interesa el extracto porque en él se evidencian las líneas que señalan a los primeros sospechosos. La mala relación familiar, los celos y los vínculos afectivos dirigen las conjeturas inicialmente hacia estas caras, pero el número de posibles implicados aumenta pronto con los interrogatorios de Roderick sobre las tablas del Unicorn.

La genialidad de Ngaio Marsh con Un asesino en escena está en recrear, dentro de un recinto excesivamente limitado, un crimen en el que todos parecen tener motivos para hacer desaparecer al joven Arthur. No es el teatro la única ubicación en la que se recuperan las pistas para desentrañar el suceso, pero son pocas las salidas más allá del escenario y de los movimientos entre bastidores. De esta manera, el Unicorn se convierte por una noche en un auténtico búnker, donde Roderick Alleyn interpela a los presentes para que aporten los primeros testimonios. El proceso deductivo pasa, como se ha señalado, por figuras claves del recinto como Jacob Saint, Felix Gardener o Stephanie Vaughan, aunque no son los únicos sospechosos: otros actores y figurantes, así como utileros y regidores, son convocados para dar explicaciones ante el inspector. Marsh congrega en pocos capítulos un amplio plantel de potenciales asesinos, lo que le permite jugar constantemente con la perspicacia de los lectores. Aun así, la escritora neozelandesa no quiere que se pierda el hilo de las pesquisas, por lo que en el ecuador de la novela introduce una recopilación de datos sobre los implicados, sus respectivas ubicaciones y los posibles móviles criminales, todo ello a partir de un informe preparado por Bathgate en su rol periodístico. La tensión narrativa se mantiene hasta la misma resolución del homicidio, momento en el que Alleyn aporta las suficientes claves para cerrar la investigación sin que queden resquicios de dudas sobre el culpable.

Agatha Christie supo dibujar con maestría casos inolvidables con protagonistas célebres en decenas de novelas policiales. Pero Ngaio Marsh, coetánea de la autora británica, logró crear atmósferas similares en sus más de treinta libros encabezados por Roderick Alleyn. Nada tiene que envidiar Un asesino en escena a las averiguaciones de Poirot o Marple. La escritora neozelandesa vierte con acierto sus conocimientos como directora escénica en el crimen del Unicorn, con lo que dota de una destacada verosimilitud a la escenografía que rodea la muerte de Surbonadier. Sin duda, la segunda novela de Marsh deja una propuesta brillante para lectores avezados en lides detectivescas. Señoras, señores, ocupen sus butacas. El espectáculo está a punto de comenzar.

Gracias a Siruela por el ejemplar facilitado

Ngaio Marsh en La Caverna Literaria