5 de noviembre de 2014

"Zaragoza", de Benito Pérez Galdós.

El gran friso narrativo de los Episodios Nacionales sirvió de vehículo a Benito Pérez Galdós (1843-1920) para recrear en él, novelescamente engarzada, la totalidad de la compleja vida de los españoles —guerras, política, vida cotidiana, reacciones populares— a lo largo del agitado siglo XIX. Prisionero de los franceses en Napoleón en Chamartín, Gabriel de Araceli se fuga y se dirige a Zaragoza para incorporarse al ejército que se está organizando con fuerzas dispersas. El destino lo lleva a ser uno de los valerosos defensores de la ciudad en el segundo y más fuerte de los sitios. Junto con otros personajes de total creación literaria, Araceli convive con el general Palafox y las demás figuras históricas que realmente intervinieron en la gran gesta popular.

Contraportada | Alianza | 1ª edición | 2001 | 216 pp.
ISBN: 978-84-206-7267-0.

El primer sitio de Zaragoza tras la entrada de las tropas francesas en 1808 no tardó en convertirse en un símbolo del patriotismo que afloraba en los españoles durante la defensa de la nación. En ese mismo año ya se desprendía en impresos y publicaciones periódicas el fervor de aquel triunfo, tan necesario en un enfrentamiento bélico que apenas comenzaba. Supuso, en definitiva, un marco de referencia para fomentar el llamamiento a las armas y superar los primeros tropiezos del ejército patrio. No obstante, el ardor y el entusiasmo del cerco aragonés en los inicios de la Guerra de la Independencia nada tendrían que ver con el segundo sitio de la ciudad —desarrollado entre noviembre de 1808 y febrero de 1809—, narrado por Benito Pérez Galdós en Zaragoza, sexta entrega de la primera serie de los Episodios Nacionales. Una novela desgarradora en la que no se esconden las consecuencias nefastas de un conflicto innecesario que marcó una de las etapas más negras en la Historia de España.

La aventura de Gabriel de Araceli es retomada poco tiempo después del punto en el que finaliza Napoleón en Chamartín. Tras escapar de su apresamiento en compañía de don Roque, el joven recibe de inmediato el apoyo de José de Montoria, obnubilado patriota que no duda en defender su demarcación del enemigo a cualquier precio. Será uno de sus hijos, Agustín, el que se convierta en compañero de Gabriel y principal protagonista del episodio. Su destino se dirige inicialmente hacia una vida eclesiástica, a pesar de no ser las coordenadas preferidas por el personaje. Y es que tal y como cuenta a su confidente, vive rendido a los pies de Mariquilla, hija del tío Candiola, usurero obsesionado por la conservación de sus riquezas —lo que implica el rechazo en el apoyo y salvamento de las tropas nacionales—. Es aquí donde surge el conflicto entre los protagonistas: el vínculo irreconciliable entre el padre de Mariquilla y el de Agustín provoca que el joven mantenga en secreto sus sentimientos, mientras que la enamorada desconoce el parentesco que une al adversario de Candiola con su pretendiente. Si bien Araceli sigue siendo la voz principal de la presente entrega, son los personajes mencionados los que acaparan la primera línea de Zaragoza. Galdós sabe adjudicar rasgos marcados a sus creaciones, respondiendo en algunos casos a prototipos presentes en otras novelas, en un intento de reflejar distintos perfiles como parte del entorno bélico. No falta, por supuesto, la introducción de presencias históricas, caso del militar José de Palafox o la heroína Manuela Sancho —equivalente de Agustina de Aragón para este sitio—.

Lejos de lo anecdótico de los personajes, Galdós convierte estas páginas en el episodio más desolador de los que conforman hasta el momento la primera serie. Tras el final dado a Napoleón en Chamartín, el lector espera recibir noticias no sólo de Gabriel, sino del paradero de Amaranta e Inesilla. La búsqueda será infructuosa, pues el escritor canario decide detener esta parcela de la trama y prescindir temporalmente de tales figuras, todo ello con el fin de realzar los desastres de la guerra. No son ellos ahora los protagonistas, sino la población arrasada por el frente napoleónico; un sitio que ya había salido victorioso en una primera ofensiva contra los franceses, pero que ahora acabará viendo mermadas sus fuerzas casi hasta el completo exterminio. Así quiso reflejarlo Galdós con sus descripciones, dando voz al llanto de una ciudad que se entregó a la defensa del país. Es el retrato de madres desconsoladas, de hijas ausentes, de familias rotas por una incomprensible batalla. 

Zaragoza, sexta entrega de la primera serie de los Episodios Nacionales, pone de relieve el cruento desenlace que vivieron los patriotas aragoneses tras la victoria lograda por las filas del Corso. Lejos quedan ahora las desavenencias familiares, las frivolidades aristocráticas o los escarceos amorosos. Don Benito ha querido poner sobre la mesa las imágenes que quedaron grabadas en la retina tanto de combatientes como de familiares que socorrieron a sus allegados ante la tropelía napoleónica. No es el momento de recuperar en estas páginas la ficción con las que el escritor canario había deleitado al lector, pues la pérdida en esta etapa se percibe como el ocaso de aquellas primeras victorias que elevaron el optimismo de los españoles. Es, en definitiva, una llamada de atención no sólo sobre la felonía francesa, sino sobre las incongruencias de un colérico patriotismo llevado al extremo. En cualquier caso, lejos de cualquier crítica, lo que quedó más allá de la muerte en tierras zaragozanas fue el emblema de una nación que supo mantenerse unida ante el atropello foráneo. 

Incluyo como cierre para estas líneas un fragmento del folleto El templo del heroísmo consagrado a nuestro muy amado monarca Fernando el VII y a la valiente fidelísima nación española, publicado en 1808, en el que se da cuenta del símbolo en el que se había convertido Zaragoza casi desde los primeros enfrentamientos:

¡Vosotros, nobles zaragozanos, envueltos en el fuego y la sangre peleáis cuerpo a cuerpo con las tropas más fuertes del tirano, que quiere subyugaros a fiera esclavitud! ¡Oh, heroica Zaragoza, regocíjate y canta el triunfo más completo que los hombres admiran! Sin duda que tus hijos fueron fortificados con fuerza celestial. ¡Con qué valor y gusto sufren tan grandes e indecibles trabajos por defender su patria, su rey y religión! ¡Sacudieron, sí, quebraron y pisaron el más infame yugo, que venía a imponerles de todos los tiranos el más impío y feroz!

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