23 de diciembre de 2012

"El lado oculto de la noche", de Norberto Luis Romero.

La noche en apariencia eterna encubre verdades incoherentes e inmutables. Una guerra cíclica y absurda se cierne sobre gentes obsesionadas por coleccionar los más variopintos e inútiles objetos. Bajo el gobierno del despótico «hombre gordo», un ejército de extravagantes sirvientes y crueles guardianes, atiende a la élite de poderosos cuyo único propósito es saciar sus bajos instintos. Inmerso en una atmósfera de sensualidad y hedonismo extravagantes, el protagonista se mueve entre la pesadilla y el ensueño. El lado oculto de la noche es una fábula perversa donde conviven la ingenuidad y el amor, la crueldad y la muerte, la malignidad y la indefensión. Una obra que refleja perfectamente el universo personal de Norberto Luis Romero.

Contraportada | Vagamundos | 1ª edición | 2012 | 64 pp.

Llega el momento de hablar de mi última lectura conjunta del año, organizada en colaboración con la editorial Traspiés, Tatty de El universo de los libros, y Carmen de Carmen y amig@s. El lado oculto de la noche, de Norberto Luis Romero, e ilustrado por Hugo Rodríguez García «Pobreartista», es probablemente la lectura más singular de todas las que he realizado en 2012, debido en gran parte al continuo halo de abstracción y de alegoría que envuelve a esta fábula. Un relato protagonizado de principio a fin por una constante oscuridad llena de simbolismo y posibles interpretaciones. Un camino que comienza en cualquier parte, con personajes indefinidos, pero que puede extrapolarse fácilmente hasta nuestros días. 

Gracias a Ediciones Traspiés por el ejemplar facilitado.

El lado oculto de la noche recrea un mundo despótico, tiránico y fuertemente jerarquizado, gobernado por un dirigente despreciable y controlador, que maneja a su voluntad los hilos de todos los que se postran ante él. No hay posibilidad de cambio, simplemente queda el sometimiento para la supervivencia. Estas desoladoras imágenes son detalladas en primera persona por el protagonista, hijo espurio fruto de la violación sufrida por su madre tras el abuso de un guante negro. Es la primera información que se aporta no sólo de su origen, sino de estos esclavos del Hombre Gordo, cuya presencia es reiterada a lo largo del cuento. De ellos sabrá el lector que se distinguen por el color de su piel, vinculando cada tonalidad a una función dentro del estado totalitario: amarillos, «sabios en materia de placeres y amores»; azules, «maestros de buenos modales y finezas»; grises, «hábiles artesanos y artistas»; verdes, «consejeros, expertos en el arte de la vida»; negros, «feroces guardianes, […] fuertes, poderosos, insobornables» (cap. XIV). Son ellos, en realidad, los que por orden de su superior terminan manejando al pueblo; un verbo que no es azaroso, al recoger en sí mismo tanto la capacidad de realizar actividades con las manos —quizás de ahí su apariencia—, como la de gobernar y dirigir la nación al antojo dictatorial —sin huellas incriminatorias—.

Y mientras hacen y deshacen, los ciudadanos intentan seguir adelante con su rutina, enfocada en un único cometido: el coleccionismo. Por medio de la abuela y de la madre del narrador llega el relato hasta la Gran Feria, donde cada miembro de la comunidad expone los artículos recopilados durante el año, con el único propósito de alzarse con la victoria en el certamen. Trapos engrasados, pájaros muertos, tornillos, paraguas… todo vale en este sinsentido, aunque no sea apreciado como tal por las miradas de los participantes. También el protagonista accede a mostrar unas esferas que guarda con excesivo celo, a través de las que es capaz de averiguar historias secretas e ignoradas, incluidas las del Hombre Gordo. Este último cobra un papel relevante en muchas de las divagaciones del narrador, pues bajo su extenso manto se esconden todas las preocupaciones, los vicios y las tropelías; un personaje que vive únicamente para lograr el placer en múltiples facetas, que se regocija con cada acto perverso, pues, en el fondo, sabe que no debe temer una revolución de sus súbditos. Las tinieblas de la impuesta noche no dejan sitio para la ilustración, para dar luz al entendimiento, para instruir y civilizar. En él se encuentra la explicación de gran parte de los males de la sociedad, reforzados por la propia actitud de unos vasallos que no sopesan la posibilidad de un alzamiento, sino que aceptan las normas impuestas.

Decía Joseph Conrad que el autor sólo escribe la mitad del libro, mientras que de la otra mitad debe ocuparse el lector. El lado oculto de la noche, indudablemente, precisa de estas palabras. Parece que de cualquier fábula es necesario sacar unas conclusiones hasta llegar a una máxima o consejo, sentido primigenio de esta modalidad literaria. En esta propuesta narrativa, Norberto Luis Romero encauza al lector hacia ese fin, una meta que va más allá de su propio horizonte, para que sea el otro el que determine qué elementos pueden identificarse con nuestra realidad. Una senda que, por momentos, parece querer abrir los ojos en un grito desesperado a través de la palabra, sobre lo que somos y lo que hemos sido, con el único objetivo de evitar el dolor, la tristeza y la pesadumbre sobre la que se erige esta aparente quimera.


          [Reseña nº 23 del desafío «25 obras escritas en español»]